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La vida y la obra del escritor mallorquín Llorenç Villalonga Pons (Palma 1897-1980) muestran tres etapas diferenciadas que se pueden contemplar por separado. El conjunto ofrece una suma de quince novelas, cinco libros de relatos, cinco volúmenes de teatro y más de mil quinientos artículos de prensa. Las tres etapas constituyen tres círculos concéntricos ensartados por un eje común, su propia vida, solicitada por fuerzas diversas a lo largo de los años.

JUVENTUD

A diferencia de sus dos hermanos —Guillem y Miquel—, Lorenzo Villalonga no aceptó seguir la carrera militar del padre, Miquel Villalonga Muntaner. Estudió medicina, vocación inicial arraigada en el seno de la familia menorquina de la madre, Joana Pons Marquès, de Maó.

Grupo de estudiantes en la Residencia de Zaragoza. 
Llorenç Villalonga es el primero sentado a la izquierda.
Estudió en las facultades de Murcia, Barcelona, Madrid y Zaragoza, donde terminó la carrera en 1926. Dos años antes inició unas colaboraciones de prensa en el diario El Día de Palma, publicación liberal propiedad del financiero Joan March Ordines. 

En esta primera etapa (1924-1939), muestra un talante esnob, inquieto, curioso, en convergencia con las vanguardias estéticas vigentes en Europa. Se ha formado en la lectura de Anatole France, Voltaire, Freud, Ortega y Gasset y la Generación del 98 española. Hacia 1925 descubre la obra de Marcel Proust, un hecho de importancia capital en el desarrollo de su novelística. 

Inicia su carrera narrativa con Mort de dama (1931), que aparece prologada por Gabriel Alomar y significa una verdadera entrada de caballo siciliano en el mundo de las letras. Sin embargo, recibe críticas adversas procedentes del mundo del regionalismo mallorquín, sobre todo de Miquel Ferrà y de Antoni Salvà, que se sienten heridos por la sátira esperpéntica de la Escola Mallorquina simbolizada en la poetisa Aina Cohen y el semanario Bé hem dinat.

 Mort de Dama
EL CICLO DE FEDRA

Asume la dirección literaria de Brisas, magazine con voluntad cosmopolita editado en Palma entre 1934 y 1936. En esta revista publica cinco relatos, el drama Silvia Ocampo (1935) y el inicio de Madame Dillon, novela que publicó en 1937 en edición de autor. Estas dos obras, junto con Fedra (1932), se inspiran en la relación sentimental que Llorenç Villalonga mantuvo durante un año con la poetisa cubana Emilia Bernal.

Las diferencias de edad y de formación se reflejan en las tres obras. El hecho justifica la clasificación de Jaume Vidal Alcover, que las denominó el “ciclo de Fedra”. 

El anticatalanismo le ha inducido a escribir en lengua castellana. Más tarde, sin embargo, el éxito de Bearn en catalán le inclinarán hacia la lengua nativa. Y las obras escritas inicialmente en castellano serán sometidas a profundas metamorfosis al ser trasvasadas al catalán de Mallorca.

El interés de las obras del “ciclo de Fedra” reside en el hecho de mostrarnos una panorámica del turismo de antes de la guerra en Mallorca. Durante los años treinta, se han abierto ya algunos establecimientos hoteleros de lujo —el Hotel Formentor, un sueño materializado de Adán Diehl, sería el paradigma por excelencia de este mundo— y los barrios de Génova y el Terreno se convierten en lugares de residencia de una colonia extranjera de vida y costumbres muy diferenciados del carácter mallorquín. En Viena y Londres, Freud ha dejado sus huellas al diagnosticar la neurosis como síntoma de descomposición de la civilización occidental. Y el turismo que llega a la isla, dislocado, con su compleja problemática humana, es una verdadera alternativa para aquella sociedad, levítica y conservadora.

Villalonga capta el estilo de vida de los recién llegados. Y mantiene relaciones, sentimentales o amistosas, con algunos elementos representativos de la colonia extranjera. En 1933, la subida de Hitler al poder representará el comienzo de una nueva diáspora y Mallorca se convertirá en el final de la escapada de un nuevo contingente de artistas, intelectuales y profesionales diversos. El contacto con esta gente, para un auténtico escritor de raza como Villalonga, se dejará notar en sus trabajos narrativos y periodísticos. 

Brisas es, en buena medida, el punto de encuentro de esta fauna europea, a menudo fácilmente identificable en la obra villalonguiana. Protagoniza con Eva Tay, bailarina centroeuropea, unos años de ligereza y excesos. Alrededor de la pareja que forman, se mueven, en la noche palmesana, diversos comparsas o figurantes de primera magnitud: Natacha Rambowa, la viuda de Rodolfo Valentino; Werner Schulz, de Dantzing, un hombre de cultura enciclopédica, poco después importante catalanófilo; la baronesa alemana Sybille von Kasskel, fotógrafa creativa que llegaba a Mallorca en un intento de liberación; Arthur E. Middlehurst, arquitecto de vanguardia que, con Francesc Casas, divulgó en Mallorca el racionalismo arquitectónico; Madame Louise Albert-Lasard, pintora procedente del expresionismo alemán, que había sido amante de Rainer Maria Rilke; Eda Urbani, que llena muchas páginas de Brisas con fotografías; Enriqueta Albéniz, la refinada y cultísima hija del gran compositor; los hermanos Jacob, Pazzis y Pere Sureda, etc.

La mayoría de ellos asisten a la tertulia de los doctores Vicente y Virgilio Peñaranda, representantes de una burguesía ilustrada, abierta, cosmopolita y de izquierdas. Y entran, convenientemente transformados por el proceso mítico y mágico —alquímico— de la literatura, en la vasta galería de criaturas villalonguianas, actuando como testimonio de un tiempo, de una gente y de una tierra. Este era el sentido de su escritura, antes de conmocionarse el país, y después Europa, por la acción de los radicalismos enfrentados que durante una década desgarraron la delicada membrana de la civilización occidental.

 Rincón de la biblioteca del Círculo Mallorquín, donde tenía su tertulia Joaquim Verdaguer
MATRIMONIO Y GUERRA CIVIL

La rebelión militar de julio de 1936, vivida por Villalonga desde Mallorca, motiva la entrada del escritor en Falange Española, el partido político de extrema derecha fundado por José Antonio Primo de Rivera. Desde su ciudad, escribe artículos de prensa y da conferencias radiofónicas de propaganda fascista. Pocos meses después de iniciarse la Guerra Civil, se casa con una parienta lejana, rica y juiciosa, Maria Teresa Gelabert Gelabert, de Binissalem. Esta unión —un matrimonio de conveniencia— representa el punto final de la juventud del escritor. Atrás quedan la voluntad de escándalo provincial protagonizada con el pseudónimo Dhey, cócteles, piscinas y fiestas de la colonia extranjera. Empieza una reflexión profunda, durante la postguerra. Se diluye la sátira y empieza la larga elaboración de la elegía de un tiempo pasado.

 Despacho del escritor, en la parte alta de Can Sabater (Binissalem)
EL CICLO DE BEARN 

El final de la Guerra Civil representa para Villalonga el inicio de un tiempo de silencio. Cerca de él se encuentra su hermano Miquel, que ha regresado enfermo del frente del norte y en Bunyola vive, día tras día, el quotidie morior impreso en el encabezamiento de sus papeles de correspondencia. Miquel representa la figura del intelectual vencedor, absolutamente adicto a las directrices del régimen, un escritor de gran prestigio literario y periodístico. Gran amigo de Juan Aparicio, hombre fuerte de la cultura franquista, fundador de cuatro publicaciones básicas en la cultura española de postguerra: La Estafeta Literaria, El Español, Fantasía y Garcilaso. Aparicio se propone recuperar a Lorenzo Villalonga para el mundo de las letras castellanas, aunque conoce la inclinación liberal del autor de Mme. Dillon, obra que, a pesar de los buenos oficios de Aparicio, no obtiene el permiso para ser reeditada durante los años cuarenta. Unas pocas colaboraciones en El Español (diez artículos entre 1942 y 1947, algunos de ellos refritos de trabajos anteriores), demuestran el escaso entusiasmo que siente Llorenç Villalonga por la nueva situación.

Después de la Segunda Guerra Mundial, concretamente a partir de 1947, reanuda las colaboraciones de prensa, ahora en el diario Baleares de Palma, un diario oficial del régimen franquista, nacido de la fusión de Falange y El Día. Y desentierra el seudónimo Dhey, aunque ahora pregona contenidos muy distintos. Pesan sobre sus escritos dos postguerras: la civil y la mundial. Ha contemplado el hundimiento de su mundo y muestra una evidente voluntad de concordia, de armonía con el medio. Vive de manera interiorizada el proceso de crisis de la civilización occidental.

Empieza una nueva etapa (1939-1961) propicia al recuerdo y a la nostalgia. Ahora la memoria es el eje central de su producción, mientras elabora un vasto trabajo, en realidad unas vastas memorias personales y de su entorno. Le guía una idea proustiana: no hay más paraísos que los paraísos perdidos.

En 1940, empieza la redacción de unas breves piezas teatrales —o relatos dialogados—, publicados más tarde con el título de Desbarats (Despropósitos), donde se sitúa la primera creación de dos personajes literarios, cuyos modelos en la vida real son el propio escritor y su esposa Teresa, los cuales representan el núcleo inicial de los señores de Bearn, protagonistas de la obra maestra villalonguiana. En el primer esbozo, esta pareja toma los nombres de Minos y Amaranta, transformados posteriormente en Tonet y Maria Antònia en La novela de Palmira y en la culminación del mito, se convierten en don Antonio y doña María Antonia, protagonistas de la novela Bearn o la sala de las muñecas. Este proceso de mitificación, unido a la recreación de paisajes naturales vagamente emplazados entre Alaró y Bunyola, con referencias a la sierra de Tramuntana y al paisaje humano de Binissalem —pueblos de la comarca del Raiguer—, conforma la base principal del mito de Bearn.

Durante los años cincuenta mantiene buenas relaciones con los representantes del catalanismo en Mallorca: Manuel Sanchis Guarner y los poetas Llorenç Moyà, Jaume Vidal Alcover y Josep M. Llompart. De este modo, Villalonga vuelve al mundo del libro con La novel·la de Palmira (1952), escrita en catalán. El hecho tiene su importancia. Sanchis Guarner, un hombre represaliado por el franquismo por su participación en la Guerra Civil, piensa la hora presente en términos de concordia. De este modo se propone y consigue recuperar literariamente a Villalonga en la lengua catalana propia de Mallorca. Sin embargo, cuando se publica en Barcelona la segunda edición de Mort de dama (1954), se origina un conflicto entre el novelista y los correctores de estilo barceloneses. El momento no era propicio a las tolerancias de variantes dialectales, consideradas por Villalonga como enriquecedoras del idioma. Y al ver su primera novela escrita en un lenguaje en el cual no se reconoce, experimenta una ira glacial —muy propia de su carácter—, la cual motiva un nuevo cambio de orientación lingüístico.

En aquellos momentos le faltaban por escribir los dos capítulos finales de Bearn, su mejor novela. La había redactado en catalán entre 1952 y 1954. Soliviantado por la rigidez que imprimieran a su prosa los correctores normativos, volvió a escribirla de cabo a rabo en castellano, desde una actitud que era un puro berrinche. La novela pasó desapercibida en dos certámenes literarios: el Nadal y el Ciutat de Barcelona. Publicada en 1956, en general, no fue demasiado comprendida por críticos y lectores. Esta primera versión iba prologada por Camilo José Cela y su “Prólogo parabólico” provocó dos más de Villalonga para evidenciar su disidencia. La manzana de la discordia fue una frase de Cela en la cual decía del autor del libro: “Probablemente es judío”. El hecho provocó de nuevo en nuestro autor ambivalencia, ambigüedad y contradicción, tres constantes que le acompañaron durante toda su vida.

Más tarde, al publicarse en catalán el 1961, Bearn recibió el premio de la Crítica y una encuesta de la revista Serra d’Or la clasificaba en segundo lugar, después de La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda, al considerar la novelística catalana de postguerra.

 Llorenç Villalonga, de frente, junto a Joan Bonet. Gafim a la izquierda. Almuerzo de los jurados del premio Ciutat de Palma (1961)
Joaquim Molas se ha referido a la importancia de Bearn en la obra villalonguiana cuando dice: “De hecho, Villalonga la imaginó en un momento de crisis, no sólo personal sino también colectiva, y la escribió ya maduro. Físicamente, moralmente e intelectualmente. Así, pudo verter en ella todas sus experiencias y todas sus ambiciones y, a la larga, la convirtió en una especie de síntesis de su vida. Y, más en general, de la Vida.” El relato delimita un espacio literario que admite, como todas las obras clásicas, diferentes niveles de lectura. Uno de ellos es la reflexión poética alrededor del amor pasional y la serenidad conyugal. El primero, en la relación entre don Antonio y su sobrina Xima, con una escandalosa huida a París. El segundo, superada la tentación fáustica, en la reconciliación con la esposa, doña María Antonia, y en la aceptación consciente de los límites de la vida. El resultado de este proceso mental representará una renuncia a la acción para trabajar en profundidad, desde el sosiego de las montañas y los bosques de Bearn, la fijación del tiempo pasado, personas y lugares amados, hechos que han dejado huella en su vida, mediante la redacción de unas memorias. Quiere demostrar, mediante la escritura, que no hay más paraísos que los paraísos perdidos, apotegma literario que Llorenç Villalonga ha aprendido de la lectura de Marcel Proust.

La pareja integrada por don Antonio y doña María Antonia de Bearn tendrán una larga vida en la obra villalonguiana, especialmente en las novelas de la tercera etapa, escritas durante los años sesenta y setenta, de carácter deliberadamente ensayístico. Son, por tanto, un punto de enlace entre el mito de Bearn y un conjunto de obras que se plantean en términos de crítica a la sociedad contemporánea. En ellas, sin embargo, juegan un papel de actores teatrales representando otras obras que apenas guardan relación con el propósito inicial para el cual habían sido creados.

 Fragmento del manuscrito de Bearn, en catalán
UNA TERCERA ETAPA AUTOBIOGRÁFICA

La tercera etapa va de 1961 a 1975, fecha que señala el final de su vida activa. Durante este tiempo, publica algunas obras importantes de carácter autobiográfico y también las novelas del “ciclo Flo la Vigne” o “de la Lulú”, menos logradas.

Son importantes: El ángel rebelde (1961), Falsas memorias de Salvador Orlan (1967), Les Fures (1967) y, muy especialmente, El misántropo (1972), donde reconstruye el tiempo de estudiante de medicina en la universidad de Zaragoza con un grupo de amigos vascos, navarros y riojanos.

En las Falsas memorias, cuando el mundo de El misántropo es aún desconocido por la inmensa mayoría de sus lectores —¿quién podía recordar unos artículos y unas narraciones de los años veinte en El Día?—, escribe: «los dos años en Lerma Real [la Zaragoza de sus años estudiantiles] son los que más hondas raíces han dejado en mi vida, aunque no estudié en absoluto. No todo el mérito era principalmente de Lerma, sino de las figuras graciosas, o serias, o ingenuas, que me rodeaban, en su mayoría vascos o navarros. También contribuyó a ello la Residencia, enclavada en un viejo parque perteneciente a la Universidad, y el canal vecino, donde remábamos por las tardes...» Y poco después añade: «En El Misántropo he intentado describir un pequeño mundo, alcaloide de las Españas, donde se agitaban tantos destinos juveniles.»

Foto: Toni Catany

La redacción definitiva de El misántropo (1972) tiene lugar entre 1958 y 1960, cuando el autor se inclinaba hacia la novela autobiográfica. La conciencia angustiada de no haber tenido hijos y el gran afecto experimentado hacia el joven escritor Baltasar Porcel, le llevan a replantearse de nuevo, literariamente, lo que ha sido su vida, su proceso biográfico. En esta dirección deben ser leídas Les Fures (1967), Falsas memorias de Salvador Orlan (1967) e incluso puede que en parte La “Virreyna” (1969). Poco después, con las obras protagonizadas por la Lulú y Flo la Vigne, esta narrativa entrará en una fase crítica en relación al proceso tecnológico de la sociedad contemporánea, enfrentada al consumismo, recuperando a menudo la intención satírica de la primera época en una vasta metáfora de la crisis de la civilización occidental.

Las obras del ciclo de Flo la Vigne, homenaje y sátira, en cierto modo, dirigidos a Baltasar Porcel, muestran la nueva tendencia integrista y apocalíptica de Villalonga. La gran batuda (1968), La Lulú o la princesa que somreia a totes les conjuntures (1970) y Lulú regina (1972), informan sobre un proceso de pensamiento regresivo, disolvente, contrario a la modernidad. Las críticas van dirigidas contra la industrialización y el maquinismo. El autor se enfrenta a la sociedad de consumo
.

Al final de su trayectoria, el éxito le acompañó. Andrea Víctrix, obra futurista en la línea de Aldous Huxley y Un verano en Mallorca (1975), versión narrativa del drama Silvia Ocampo, cierran brillantemente su trayectoria.
 

Jaume Pomar
 
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